Conferencia: Martiniano Leguizamón y la Biblioteca Perdida

El pasado viernes 12 de Mayo, Florencia Grosso Miembro de la Academia Argentina de la Historia, llevó a cabo la Conferencia “Martiniano Leguizamón y la Biblioteca Perdida”, texto que compartimos a continuación.

Cuando llegó a mis manos parte de la que fue una gran biblioteca, a pesar de su estado, lo consideré un hallazgo feliz. Por  mucho tiempo estuvo pérdida, arrebatada al lugar elegido por quienes la formaron y que de conocer su destino, intuyo lo sufrirían como un escamoteo a su heredad. Fue su incierto destino lo que me conmovió y por eso el título a este trabajo. Me excuso porque en ocasiones me expresaré en primera persona, ya que fui protagonista involuntaria y casual, sin mérito alguno, de las circunstancias que relataré.  
El conocido como Mercado de Pulgas de Dorrego era un enorme galpón que fuera originalmente depósito de los Ferrocarriles, más tarde, mercado de frutas y verduras y luego de Pulgas. Hoy, remodelado, la antigua atracción ha desaparecido. Aquel viejo mercado, sucio,  desordenado y caótico tenía un encanto prometedor de tesoros ocultos. Me remito al sábado 23 de abril de 1994, fecha que anoté cuidadosamente. Han pasado 22 años del día en que, bajo una montaña de revistas deshojadas y viejos libros deteriorados, manchados por las  palomas que se introducían por los agujeros abiertos al cielo en las chapas del techo de zinc, por donde se colaban la lluvia y el polvo, los hallé. Eran numerosos libros, alineados quien sabe desde cuándo. Sus lomos descascarados o faltantes, las máculas blancuzcas, obra de las palomas, no habían logrado borrar su dignidad. Costó trabajo liberarlos de la hojarasca que los cubría y muy poco corroborar que los libros provenían de un mejor lugar. Una biblioteca donde habrían sido objeto de cuidado y respeto. Compré diez, los que consideré más importantes. Pasé gran parte de la noche leyéndolos, y al día siguiente, temerosa que algún otro pescador se me adelantara, compré todos los libros del mismo origen. Eran en total 66 volúmenes. Habían sufrido la intemperie, pero sus interiores estaban en buen estado. La similar encuadernación, los nombres, los Ex –Libris, las dedicatorias, las notas al margen, revelaban un origen común y la certeza de su procedencia. Esta suerte de corpus literario tan particular era parte de una biblioteca que tenía como denominador común un nombre, el del ilustre historiador entrerriano Martiniano Leguizamón. Y digo parte, porque sabemos que la mayoría de sus libros están en el Museo Histórico de Entre Ríos que lleva su nombre por donación de sus herederos.  Más adelante nos referiremos a este tema.  Leyendo el material hallado, encontré palabras significativas del mismo Leguizamón,  en un artículo titulado:”Retrato de Rosas niño”, que publicó en La Nación el 20 de septiembre de 1925. Diría: “La casualidad suele deparar gratas sorpresas a los rebuscadores de antiguallas, que se solazan con la pátina de las cosas extinguidas” y agrega, refiriéndose al retrato de Rosas:”creo que se trata solo de un anticuario de esos que salvan las cosas íntimas abandonadas por los que no sienten la dulzura del recuerdo de sus antepasados”, palabras que me parecieron destinadas y fue una justificación a mi  deseo de devolver la dignidad a un material bibliográfico que fuera patrimonio de un gran escritor,  cuya obra no conocía en profundidad,  tentó mi entrerrianía heredada y me  brindó la posibilidad de encontrarme con el vigor de su prosa y personalidad.
Su padre, Martiniano Leguizamón Bergara, fue el ejemplo que inspiró su obra con recuerdos de episodios de los que fue protagonista en los tiempos en que luchó a las órdenes de los caudillos litoraleños. Nacido en Rosario en 1814, dio su nombre al hijo menor. No fue hombre de estudios, a los 20 años, ya participaba como miliciano en las filas federales de su provincia. Vivió en Entre Ríos, en su estancia Rincón de Calá, departamento Tala, con su esposa Paula Rodríguez. En esa provincia nacerían sus hijos: José Faustino1838, Onésimo 1839, Sósima 1840, José Silvano 1847, Honorio 1849 y Martiniano en 1858. Martiniano padre fue soldado de Ramírez, peleó contra Lavalle y Paz y a las órdenes de Urquiza en Caseros. En esta campaña conoció a Sarmiento, que sería su amigo. En 1863 fue Alcalde de la Delegación Tala. Caída la Confederación Sarmiento lo incorpora al Ejército Nacional, combatiendo contra López Jordán. Alcanzó el grado de Coronel y murió en Concepción del Uruguay en 1881. Aunque de escasa instrucción, fue sin duda hombre preocupado por la educación,  posibilitando a sus hijos una excelente formación. Tres de ellos se distinguieron en ámbitos académicos y políticos, Onésimo, Honorio y el propio Martiniano. Este nació en Rosario de Tala el 28 de abril de 1858. La hoy ciudad y entonces casi aldea, está situada en el centro de la provincia de Entre Ríos, a orillas del Gualeguay y en su departamento. La cercanía de la selva de Montiel y sus cuchillas encadenadas, vasta extensión que hoy está desapareciendo por la acción del hombre en expansión, era entonces un bosque cerrado y espinoso, que albergaba un universo viviente verdaderamente ominoso. Guarida de indios, gauchos alzados o perseguidos y toda suerte de alimañas y animales salvajes, hacía que los hombres y mujeres que habitaban el paraje, se forjaran recios y capaces de enfrentar con valor sus acechanzas.
La  vida infantil de Martiniano transcurrió entre el pueblito natal y el establecimiento familiar “Rincón de Calá”, donde conoció la vida del campo de entonces, su vegetación y fauna autóctona, el ganado que lo poblaba, el caballo criollo que tanto admiró y la labor del hombre de campo, la doma, la yerra, el rodeo, y el fogón que compartía. 
En “Recuerdos del Pasado”, Julián Monzón, también oriundo de Tala, decía en el año 1929 hablando del pueblo cuando Martiniano era niño que era de: “rústica y escasa edificación  y sus pobladores gente sencilla y sin hábitos de labor, más dispuestos para la guerra que para el trabajo.” Había dos atahonas, una de don Martiniano Leguizamón y “una  pieza con zaguán que se conserva igual, en la cual algunos de sus talentosos hijos sentirían por primera  vez el suave ambiente de este mundo”. Los  estudios primarios los hizo Martiniano en  la Escuela Pública de Varones, que “era la única que había entonces, un rancho de adobe, techado de paja de treinta metros y muy bajito “. Hasta aquí Monzón.
Era Martiniano, de niño y adolescente, asistente asiduo, acompañando a su padre como en un rito, a las reuniones de domingo del General Miguel Jerónimo Galarza, de quien era ahijado. Galarza fue uno de los lanceros del Supremo Ramírez, a quien siguió hasta su cruenta muerte en Río Seco, y según la tradición, uno de los salvadores junto con Anacleto Medina de la enamorada de su general, la legendaria Delfina. Luego peleó a las órdenes de Urquiza y participó en la batalla de Caseros.
De labios de compañeros de lucha de su padre, la fuente primigenia de relatos que luego recogería en sus historias, y de cuyas características fisonómicas y caracterológicas del gaucho eran ellos genuinos representantes, escuchó Martiniano bajo una enramada, los relatos de valor extraordinario de aquellos jinetes entrerrianos, antaño protagonistas de épicos entreveros, que pasando despaciosos el mate de mano en mano, despertaban las sombras de Medina, de Caraballo, de Blas Pérez, desgranando memorias de guerra y muerte.
Las narraciones de los veteranos de Caseros le servirían para escribir páginas memorables de la literatura argentina. Muchos años después recorrería el campo de la batalla con su entrañable amigo y comprovinciano José S. Álvarez, Fray Mocho, evocando el combate del que los padres de ambos participaron, publicando en La Nación del 11 de noviembre de 1923 un extenso y emotivo artículo, titulado “Una visita al solar de Monte Caseros”. 
Entre Ríos tiene un puesto de avanzada en la historia de la educación argentina. Siendo Urquiza gobernador en 1849,  funda el Colegio del Uruguay, que desde 1851 funciona en el mismo edificio en Concepción del Uruguay y que en 1942 fue declarado Monumento Histórico Nacional. En este colegio, famoso por impartir una formación de excelencia que trascendía la educación secundaria para adquirir niveles de superior, Martiniano hizo sus estudios. Su hermano Honorio fue su Rector entre 1880 y 1888.  Martiniano se recibe de abogado en la Facultad de Derecho de Buenos Aires en 1884 y al siguiente se doctora en Jurisprudencia, escribiendo a lo largo de su carrera infinidad de ensayos y artículos relacionados con la práctica del Derecho.
En 1887 contrae matrimonio con Edelmira Fernández Acosta con quien tuvo cinco hijos: Rebeca María Leguizamón de Castro Escalada (1888-1977) Susana Esther Leguizamón de Finochietto (Morita) (1890-1998), Marcelo Claudio Leguizamón (1891-  ) María Angélica Blanca Leguizamón de Rosso Guerrero (1894- ) y Lucio Abel Leguizamón. 
Al mismo tiempo que ejerce su profesión, se dedica al periodismo. Su hermano Onésimo, que dirigía en 1885 La Razón, le abrió las puertas de ese medio.  
En cuanto a su obra literaria, su primera pieza exitosa la escribió cuando era un adolescente, alumno aún del Colegio del Uruguay: “Canto a la Bandera de los Andes”, con la que obtuvo el Primer Premio en un certamen entre los alumnos del Histórico. La presentó en el Teatro 1° de Mayo de Concepción del Uruguay, el 5 de septiembre de 1879. Fue elogiado por Olegario Andrade:”Fueron estas generosas palabras del maestro insigne el espaldarazo que me armó caballero en letras”, diría.
Fue uno de los fundadores de la Asociación Educacionista “La Fraternidad”. Abogado del Banco de la Nación, docente en la Universidad de Buenos Aires y Subsecretario del Ministerio de Hacienda de la Provincia de Buenos Aires. Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Historia, de la Sociedad Americanista de Francia, de Institutos Históricos de Perú, Uruguay, Chile, Guatemala. Fue académico en 1901 y más tarde presidente en 1923, de la Junta de Historia y Numismática Americana, antecesora de la actual Academia Nacional de la Historia. Dueño de una admirable erudición de carácter universal, sus pasiones intelectuales fueron la historia y la literatura. No  participó  en  política partidaria y no tuvo otra ideología que su acendrado nacionalismo. Eso manifiesta en su obra “El Gaucho- Estudio Crítico” de 1916: “Para tranquilidad del lector y sosiego nuestro, doy por terminada la tarea crítica que no busca choque de pendencia puesto que solo he bregado por los limpios colores de mi bandera nacionalista. Entretanto, a pesar de la briosa arremetida, veo alzarse en lo recóndito de la imaginación la prestigiosa figura fenecida como la vieron mis ojos de niño, allá en la selva umbría y temerosa; con la misma apostura recogida a través de copiosas lecturas, y en mi errante vagar por las tierras argentinas.“
A Alfredo Parodié Mantero, joven poeta entrerriano le escribiría con rigor: “La Argentina se va. Es urgente salvarla antes de que se vaya para siempre. Ya sabe usted que este es mi viejo tema: si hemos de crear alguna literatura nacional, ella tendrá que ser netamente regional, porque cada pedazo de nuestro suelo está ofrendado al artista animoso que quiera investigar con amor sus intimidades más recónditas, característica y peculiaridades de ambiente, modalidades muy típicas, hábitos de sentimientos, de poesía, de música  y hasta de ritmo en sus hablas populares. Y todo eso se va, barrido por el cosmopolitismo invasor “.     La Argentina entra al S. XX con gran pujanza. La Constitución de 1853 llamó a poblar su inmenso territorio:”a todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”. Y  vinieron, la inmigración trajo millones de brazos a un país que tenia enormes riquezas naturales, pero en el que todo estaba por hacerse y el resultado del esfuerzo y el  trabajo rudo de los nuevos habitantes fue formidable. Al estado colonial pastoril, anárquico, de poblaciones aisladas y en gran parte analfabetas, se le opone una nueva concepción política y económica del mundo que ha llegado a la Argentina, impulsando proyectos tecnológicos europeos. Se desarrolla la agroindustria y se multiplican las chimeneas, caminos, puertos, ferrocarriles, urbanizaciones, educación. La Argentina crece prodigiosamente, pero el choque cultural fue conflicto inevitable. Los inmigrantes no solo trajeron sus brazos para trabajar, con ellos vienen su lengua, sus creencias, sus costumbres, que modifican la economía, la ciencia, el arte, la  música, la comida. 
En literatura, cultiva Leguizamón la corriente nativista, nacida a fines del S.XIX, con el “Martin Fierro” de Hernández, en la que coinciden Joaquín V. González, Rafael Obligado, José S. Álvarez (Fray Mocho), Lugones, Rojas, Gálvez, Payró,  Gerchunoff entre otros, y por ser movimiento rioplatense,  los uruguayos Elías Regules, Antonio Lussich, Orosman Moratorio, Fernán Silva Valdez, José Alonso y Trelles,  Eduardo Acevedo Díaz etc. Este último le dedica su libro “El Mito del Plata” con estas sugestivas palabras, “Al señor doctor Martiniano Leguizamón, intérprete insigne de lo dramático en nuestra vida tradicional del latifundio y novelador intenso del plasmo-gaucho cuyo molde se rompió, homenaje de Eduardo Acevedo Díaz- 1916”. Estos cultores de literatura nacionalista surgen en gran medida de una burguesía ganadera ilustrada, que ha vivido en el campo y conoce a sus habitantes. Muchos son segunda generación de los protagonistas de las guerras de la emancipación y las luchas civiles, cuya masa combativa eran los gauchos. Sienten que esa mística legendaria de valor en defensa de la tierra, que identifican con el amor a la patria, se ve amenazada ante la enorme influencia de la inmigración, “muchedumbres cosmopolitas “según Rojas en Blasón de Plata, de donde surge reiterado el término “cosmopolitismo,” vocablo amenazador, elemento disolutorio de la antigua raza argentina. Y vuelven sus ojos a la una vez denostada España, contra la que lucharon sus padres y abuelos, en la que encuentran sus raíces fundacionales y la figura del gaucho, mestizo del conquistador español y la aborigen, figura prototípica, con matices telúricos de cada región de nuestra tierra. A la defensa apasionada de los valores identitarios de la raza criolla, dedicó su vida Martiniano Leguizamón.        
Fue polemista incisivo y apasionado. En su tiempo, los discursos de los miembros de la Junta de Historia y Numismática eran publicados en los grandes diarios de Buenos Aires como La Nación y La Prensa y en los principales de provincias. Sus lectores seguían con avidez la opinión de los académicos, que discutían públicamente acerca de figuras y episodios de la patria. La consideración de la historia era importante entonces, y Leguizamón era protagonista frecuente de estos debates. “Combatir el error es el placer de la lucha intelectual. Hoy como ayer, afronto sin vacilar la responsabilidad de combatir contra lo que sinceramente estimo un grave error histórico, aunque tenga que rozar personas y sentimientos dignos de mi mayor respeto”, diría.  Ejemplo fue la polémica entablada por la autenticidad de un retrato de Garay sorpresivamente aparecido y que Leguizamón demostró que era apócrifo en su obra “El Supuesto Retrato de Garay” de 1910. También pública fue su controversia con el Dr. Carlos O. Bunge, académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que en 1903 impulsa a “europeizar nuestros sentimientos y pasiones”. En 1913 presenta un estudio científico del gaucho, tema sensible para Leguizamón, que en este caso considera injuriante y se obliga a refutar, expresando textualmente que: “Se impone ineludible, ante la arrogancia desdeñosa con que el prologuista pretende imponernos un nuevo perfil”. Para el caso, escribe su verdad en: “El Gaucho: Su indumentaria, armas, música, cantos y bailes nativos “de 1913. 
Pero la polémica más difundida y de mayor interés fue la sostenida durante años por esclarecer la autenticidad de las ruinas de la casa natal de San Martin en Yapeyú, que generó proyección nacional e innumerables publicaciones. Desde 1899, cuando Cecilio Ruidiaz hace donación al estado de un terreno de su propiedad en el que según los vecinos más antiguos se levantaban las ruinas de la casa natal de San Martin y se labra un acta estableciendo el lugar como autentico, periódicamente surgían opiniones a favor y en contra de su veracidad. La Junta de Historia y Numismática designó en 1915 una comisión integrada por Martiniano Leguizamón, Antonio Decoud y Carlos Salas para investigar la autenticidad de las halladas. Su dictamen fue negativo con respecto a las así consideradas por tradición, aceptando la Junta  este criterio por mayoría. El mismo mantendría Leguizamón ante la Junta en 1923, cuando en su discurso de recepción como presidente de la misma, elige presentar su trabajo: “Las ruinas del Solar de Yapeyú”. Pero en otros ámbitos intelectuales no se sustentaba el mismo parecer. El presbítero Eduardo Maldonado, que fuera párroco de Yapeyú escribió en 1918 un folleto que tuvo gran repercusión, titulado “La Cuna del Héroe”, que reeditaría en 1922, que influenció positivamente a favor de la legitimidad de las ruinas y que el historiado correntino Hernán Félix  Gómez acompaña en su libro: “San Martin y Yapeyú.” En 1938, se construyó un templete sobre las ruinas y estas son declaradas Monumento Histórico Nacional como solar nativo del Libertador. La tradición privó sobre la ciencia.  
Autor prolífico, escribió más de 500 obras, de estas, las de mayor difusión fueron “Calandria “y Montaráz”. La primera es una obra teatral que marcó una época en la escena  nacional. Comedia de costumbres camperas, su protagonista se aleja del estereotipo del gaucho pendenciero, al convertirse por amor en un criollo trabajador. “Montaráz” es una novela histórica  escrita con pluma ágil, que relata dramáticos episodios del año 1820, cuando, con la invasión artiguista a Entre Ríos, la figura del Supremo se convierte en emblema de valor en defensa del terruño natal. Con  Olegario V. Andrade y Gervasio Méndez, Leguizamón es considerado uno de los máximos representantes de la literatura entrerriana., 
Martiniano, lejos de su entrañable Entre Ríos, anhelaba un ámbito en el que desplegar su criollismo y aptitudes camperas. En 1910 compró en González Catán, en La Matanza, entonces campo abierto, un solar donde construyó una hermosa casa de estilo colonial, que llamó “La Morita”, apodo de su hija Susana, casada con Miguel Ángel Finochietto, de ilustre estirpe de médicos. Allí montaba a caballo, cultivaba la tierra, abría la puerta generosa de su estancia casi urbana a sus amigos y colegas.  Su yerno, para darle gusto y se sintiera reconfortado entre los libros y objetos históricos que amaba, como su biblioteca, documentación, arte, platería criolla y demás prendas de raigambre argentina que atesoraba, mandó levantar un rancho idéntico al que fuera su hogar en el campo entrerriano, y lo bautizó como aquel “Rincón de Calá”, donde exhibía su valioso patrimonio. Allí vivió 25 años. En 1934 muere su esposa Edelmira, lo que lo sumió en una  profunda depresión que no logró superar. Pocos meses después, el 26 de marzo de 1935:”Puestos los ojos en la imagen de su dulce compañera, don Martiniano emprendió el camino hacia el infinito” afirma su biógrafo Torres Revello. Por ley N°12.896, se declara “Monumento Histórico Provincial y Patrimonio Cultural de la Provincia de Buenos Aires, la finca La Morita de la localidad de González Catán, lugar donde falleció el historiador argentino Martiniano Leguizamón”.    
 A pocos meses de su deceso, el 4 de noviembre de 1935, la Legislatura de Entre Ríos sancionó la ley 3050, por la que se autorizaba al Poder Ejecutivo a aceptar la donación ofrecida por sus herederos, consistente en una colección de piezas históricas folklóricas, monetario, biblioteca y archivo. Se establece que los efectos de referencia serán reunidos y conservados en un mismo local, en la capital de la Provincia, bajo el nombre “Instituto Martiniano Leguizamón”, integrando el Museo Histórico de Entre Ríos. Se autoriza al Poder Ejecutivo a invertir hasta la suma de sesenta mil pesos moneda nacional, en la erección de un monumento que perpetúe la memoria del Dr. Martiniano Leguizamón y guarde sus cenizas, como justiciero homenaje del gobierno y el pueblo de la Provincia, a su ilustración y méritos civiles. Firma el Gobernador Eduardo Tibiletti.
El 5 de julio de 1936 se inauguró el “Instituto Martiniano Leguizamón “.En 1948, el gobierno de Entre Ríos crea el “Museo Histórico de Entre Ríos Martiniano Leguizamón” donde funciona el Instituto de su nombre y se exhibe su valioso legado.
Su mausoleo se levantó en el cementerio de La Recoleta en la ciudad de Buenos Aires. Es obra de los arquitectos Vázquez  y Albinoni. Se construyó en granito de Cosquín, de líneas muy austeras, cuyo frente, que semeja la Puerta del Sol de Tiahuanaco, ostenta el escudo de Entre Ríos, con la leyenda:”Entre Ríos a Martiniano Leguizamón”. Se inauguró el 3 de julio de 1943, con el traslado al mismo de los restos del escritor y los de su esposa, siendo bendecido por el Obispo de Iborá, Monseñor Julián Martínez, con la presencia del Gobernador de Entre Ríos Dr. Enrique F. Mihura. La concurrencia fue extraordinaria. La intelectualidad de Entre Ríos y Buenos Aires estuvo presente. Pronunciaron discursos eminentes personalidades de la época.   Entre ellas, el Dr. Cesar Pérez Colman en representación del Gobierno de Entre Ríos. Le siguieron representantes de distintas instituciones: Luis B. Calderón, Martín Doello Jurado, Enrique de Gandía, Juan Canter, Juan E. Carulla, que habló en nombre de “La Fraternidad” y ex alumnos de la misma, José Antonio Saldías, Víctor Badano y Delio Panizza. El gobierno entrerriano mandó imprimir 500 folletos del acto para su difusión, uno de los cuales está entre los papeles hallados.  
Retomando los títulos encontrados en el viejo Mercado, los hay  pertenecientes a clásicos de la literatura universal. Los de temática tradicionalista rioplatense son el alma de la biblioteca, y una cantidad apreciable es obra del Dr. Leguizamón.  En algunos lomos se pueden distinguir las iniciales grabadas en oro de sus propietarios. La encuadernación, excelente y homogénea, en sus buenas épocas le habrá dado categoría al conjunto bibliográfico. La mayoría de las tapas o planos de los libros son de cartonnage marmolado y lomo entelado. Muchos son de tirada económica, de tapas blandas en su origen y luego encuadernados sin serles retiradas. Sus características de manufactura denotan un encuadernador común.
Consideramos que los más significativos por la importancia de su autor y destinatario y las especiales circunstancias de publicación y destino, son dos volúmenes, obra de Ricardo Güiraldes, manchados por hongos que los han colonizado, dedicadas por su autor a Martiniano Leguizamón. Son ellos, en verso:”El Cencerro de Cristal “, y en prosa: “Cuentos de Muerte y de Sangre”, este con dibujos de Alberto Güiraldes. Las dedicatorias están escritas en las hojas de cortesía, son escuetas y similares. Están datadas el mismo día y presumiblemente  fueran entregados juntos. En el primero, su autor escribe: “A Martiniano Leguizamón, homenaje de Ricardo Güiraldes”, en el segundo: “A Martiniano Leguizamón  como simpático homenaje a sus cuentos criollos”, con igual firma y fecha, 29 de septiembre de 1915. Ambos editados por la Librería “La Facultad” de Juan Roldán y publicados ese año, están dedicados a la exaltación del gaucho y la vida campestre. Con ellos Güiraldes inaugura en su obra aires vanguardistas. La crítica le fue adversa. El futuro autor de “Don Segundo Sombra” tenía entonces 28 años. Diría al respecto más adelante:”A escritores, como obligación de cortesía por parte de un escritor novicio, mandé a destajo. Por ahí tengo una lista que si la encuentro, incluiré:” ¡Fracaso completo!”. De mi familia y amigos a quienes había mandado los dos volúmenes, no conocí más que vergonzante silencio”. Desalentado, tomó una decisión que relataría su viuda Adelina del Carril en 1935:” En vista de la indiferencia del público, retiró de la venta las ediciones de ambos libros, con los que rellenó un viejo pozo de la estancia. Apenas salvamos unos pocos ejemplares mediante una artimaña en combinación con el encargado de ejecutar la obra “. Por lo antedicho, de esa primera edición, pocos ejemplares quedan, entre ellos, los encontrados.
Otro hallazgo interesante para la literatura rioplatense es un modesto librito de edición económica, obra de Elías Regules, poeta nativista uruguayo, médico de profesión, que fundara en Montevideo en 1895 de la primera revista tradicionalista del Río de la Plata: “El Fogón”, en la cual colaboró largamente Leguizamón. En la tapa lleva como ilustración una suerte de banderola flameante sobre la que, a guisa de consigna se lee el título:”Versitos Criollos”, al pie, esta sugestiva inscripción:”Vivo feliz con sangre americana, yo no tengo vergüenza de mi raza”.  Editado por Imprenta Rural- a vapor – Florida 84, Montevideo – 1894. Tiene dedicatoria que dice: “Al Dr. Martiniano Leguizamón, compañero de ideas - Elías Regules” mayo 8 /1896. Lo curioso de este ejemplar es que el libro original tiene 41 páginas, pero al encuadernarse, se le han agregado 21 más, en papel tipo canson, conteniendo copias manuscritas o recortadas y pegadas, de poesías de Regules  publicadas en “El Fogón”.  La letra presumiblemente es del mismo Leguizamón, concuerda en características con la de una dedicatoria que le escribiera a su hija Morita al regalarle “Misas Herejes” de Evaristo Carriego a la que dice: “A mi Morita querida, para que recuerde al dulce Carriego, a nuestro antiguo barrio de Palermo que inspiró sus mejores cantos del suburbio porteño y perfiló su personalidad, que ha estudiado Melian Lafinur en esta edición completa. Con mucho cariño-  Papá.” 
Un libro titulado “Con las Alas Rotas”, pieza teatral de Emilio Berisso, en buen estado de conservación, lleva al pie del lomo el nombre “Mora” en dorado. Su autor, poeta y dramaturgo, obtuvo con esta  obra su mayor éxito. Fue estrenada por la célebre actriz Camila Quiroga con la Compañía de los hermanos Podestá. En la anteportada se ha pegado un programa en díptico, que en la tapa tiene foto de la actriz. En su interior, hay una invitación que impresa dice: Señor… y luego el nombre manuscrito del destinatario, en esta caso Dr. Martiniano Leguizamón:”Permítame invitar a Ud. y familia al festival, que en mi nombre y beneficio se realizará en el Teatro Nuevo el martes 23 del corriente mes, con la 200 representación de la preciosa obra “Con las Alas Rotas” de don Emilio Berisso. Saluda a usted con su más distinguida consideración”. Firma Camila Quiroga. En la página opuesta, se lee esta dedicatoria del autor:”Al eminente escritor Dr. Martiniano Leguizamón. Afectuoso recuerdo de su admirador, Emilio Berisso. Buenos Aires, julio 26 de 1917  s/c Zabala 2131. Tres nombre ilustres unidos en un pequeño volumen.
Terminaremos  con la mención de tres piezas que fueron encontradas juntas y que  pertenecieron a la biblioteca de Onésimo Leguizamón (1839-1886). Fue este destacado jurisconsulto y político. Ministro de Justicia e Instrucción Pública del Presidente Nicolás Avellaneda y Juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en 1882 presidió el primer Congreso Pedagógico Internacional Americano, durante la Exposición Continental realizada ese año. Como Senador Nacional, fue uno de los autores de la Ley 1420, de educación universal, laica, gratuita y obligatoria. 
Cronológicamente el primer escrito es un cuadernillo deteriorado pero legible, que conserva solo su tapa superior. Se trata del Discurso sobre Historia del Derecho Internacional que dio Leguizamón el día de apertura de la cátedra  que él ocuparía en la Universidad de Buenos Aires, el 7 de junio de 1872. Está intervenido en sus páginas interiores con notas manuscritas  marginales, con letra pequeñísima,  presumiblemente del mismo Onésimo. Otra de esas piezas consiste en la unión de tres cuadernillos, cosidos con hilo de lino inglés conformando un libro, que contiene el Discurso pronunciado por el Presidente del Congreso Pedagójico, Onésimo Leguizamón, el primero que se celebró en esta parte de América en 1882 que hemos mencionado, con los principales documentos relativos a su organización y la correspondencia mantenida con las personalidades de todo el país que fueron convocada para  colaborar en el mismo. Su grafía es antigua.
Por último, consideraremos un curioso folleto titulado “Revalidación de Títulos de Terrenos al sur de Pilcomayo”. Un ejemplar del mismo está depositado en la biblioteca de la Universidad de Harvard. Contiene la presentación ante la justicia argentina de Enrique S.López, nombre común si la letra S no ocultara el nombre “Solano”. Se trata del hijo de Francisco Solano López y Elisa Lynch, que volvió a Paraguay en 1885 para reclamar posesiones a las que su madre que vivía en París, aducía tener derecho, dándole poder para actuar. Reclamaba a la justicia argentina revalidar la propiedad de un enorme territorio que alcanzaba más de 11.000 Km. cuadrados entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. El reclamo en los ámbitos judiciales le fue adverso. El hijo de Solano López fue el iniciador del llamado “revisionismo lopizta” con la creación del periódico “La Patria” en 1900.  Junto a la firma impresa del demandante, se encuentra manuscrito el nombre de quien fuera su poseedor, el eminente jurisconsulto, O. Leguizamón
Entre los libros hallados, además de las dedicatorias, firmas, Ex -Libris, adendas, sellos, notas, párrafos y nombres de miembros de la familia, hay los que contienen dedicatorias y firmas de reconocidas personalidades, algunas  ya mencionadas. Son estas las de: Ricardo Güiraldes, Elías Regules, Emilio Berisso, Camila Quiroga, Eduardo Acevedo Díaz, Delio Panizza, Antonio Sagarna, José Angió, Baldomero Fernández Moreno, Francisco Grandmontagne, Luc Durtain y  Miguel Ángel Finochietto. Para los coleccionistas ortodoxos, este hallazgo, por sus graves heridas, salvo las firmas, sería de poco interés.  Sin embargo, tienen una mística particular, conservan el espíritu de una ilustrada familia argentina que vivió entre los dos siglos fundacionales de nuestra república y cuyos miembros los transitaron marcados por una figura patriarcal potente. Es también testimonio de la brega apasionada de los intelectuales de su época, que confrontaron por hechos e ideas opuestas,  aunque los guiara el común amor a la patria. La de los escritores nativistas de los que Leguizamón era representante, que consideraban que el materialismo y cosmopolitismo europeizante influían en la sociedad como agentes disolutorios de la conciencia nacional y de un pasado virtuoso, y la de los que imaginaban el  país como potencia económica y cultural preponderante en esta parte de América,  mediante el poblamiento, la industrialización y la educación que la inmigración impulsaría, concepto que en definitiva perduró. 
Y aunque la Argentina pastoril y el gaucho fenecido de Leguizamón, con las características originales y primigenias del campo de otrora  han desaparecido, gracias a la prosa épica de sus comprometidos exégetas y al amor a la tierra y persistencia tradicionalista de su heredero el criollo de hoy, han devenido en clásicos y por clásicos, permanecerán. 
Entre los preclaros nombres que se me propusieron para elegir sitial en esta ilustre Academia Argentina de la Historia, me he decidido por el de Joaquín Víctor González. Su obra es tan vasta y fecunda y su figura tan trascendente y representativa de su época, que parece  mezquina la breve mención que es de estilo dedicarle por exigencias del tiempo. 
Nació en Nonogasta, provincia de La Rioja en 1863, fue eminente jurista, literato, político, educacionista. Estudió en el Colegio Montserrat de Córdoba, dependiente de la Universidad de San Carlos en la que muy joven se recibió de abogado. Fue gobernador de su provincia en 1889 y redactor de su constitución. Ministro del Interior de Roca en 1901 y de Justicia e Instrucción Pública de Quintana en 1904. Fundó la Universidad de La Plata y el Instituto Nacional del Profesorado que lleva su nombre. Perteneció a la Real Academia Española de la Lengua y a la Corte Permanente de Arbitraje Internacional de La Haya. Escritor prolífico, sus obras más famosas son La Tradición Argentina, Mis Montañas y El Juicio del Siglo. Murió siendo Senador por su provincia a los 60 años en 1923. Fue una de las personalidades más ilustres y descollantes de su tiempo y es para mí un gran e inmerecido honor ocupar el sitial de su nombre.